Por Miguel Ángel Alarcón Urban
El 8 de agosto de 1879, en Anenecuilco, Morelos, nació Emiliano Zapata Salazar, un hombre que hizo de la defensa de la tierra una causa y de la justicia agraria una bandera.
Su vida quedó ligada para siempre a la historia de Morelos. En Yautepec, en agosto de 1911, se encontró con Francisco I. Madero para discutir la restitución de tierras y el licenciamiento de las tropas zapatistas. Aquel encuentro marcaría el inicio de una profunda ruptura que poco después desembocaría en el Plan de Ayala.
Décadas más tarde, la memoria de Zapata volvió a encontrarse con la historia familiar. El profesor José Urbán Aguirre, entonces Gobernador Interino de Morelos, participó en el traslado de los restos del General a la Plaza de la Revolución del Sur, dejando constancia de aquel solemne acto en su Historia del Estado de Morelos.
Zapata murió en Chinameca el 10 de abril de 1919, pero su causa sobrevivió a la traición y al tiempo. Hoy, a 147 años de su nacimiento, su nombre sigue siendo raíz, memoria y símbolo de la lucha por la tierra.
Porque Zapata no nació para morir: nació para ser eterno.
